martes, 15 de junio de 2010

LA PASIÓN QUE NOS INCLUYE



El fútbol es la épica de nuestro tiempo

Ulises Dumont en Yepeto


No estaba del todo convencido. En realidad siempre tengo mis reticencias con algunas películas cuando el vendedor la ofrece como un buen título. Pero por razones que no vienen al caso vi Offside (آفساید), una película iraní estrenada en 2006, ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de Cine de Berlín de ese año, cuyo argumento viene de perlas en estos días de mundial futbolístico.


El argumento es sencillo pero de una gran repercusión: Como a las mujeres iraníes se les prohíbe asistir a los estadios de fútbol, muchas deciden disfrazarse de hombres para poder entrar. Por supuesto, las hay más expertas en el arte del disfraz que otras y, por ello, hay que las que pasan y las que no. Offside trata sobre un grupo de estas mujeres que por distintas razones son detenidas por esta infracción.


El director, Jafar Panahi, pudo haberse decidido por una crítica melodramática y descarnada de la situación; uno de esos discursos panfletarios sobre la libertad de las mujeres o el régimen totalitario del islam. Por suerte, su intención parece ser otra. Se trata de esto en alguna medida (sería imposible evitarlo con semejante argumento), pero también se trata del fútbol y su profundo valor para los países donde se lo practica (la mayoría, valga decir).


En lo particular prefiero el béisbol, pero sería un idiota si no reconozco que con mucho el fútbol ocupa un lugar especial en las preferencias deportivas del grueso del mundo. Tiene una especie de atracción a la que pocos no habrán sucumbido. Es como reza el epígrafe de estas líneas: “La épica de nuestro tiempo”. Y no es una exageración. Indro Montanelli, un periodista e historiador italiano, quien dejó una importante obra sobre varias de las culturas de la antigüedad, siempre se cuida de comentar la semejanza que tienen las justas del balompié actuales con los sanguinarios torneos circenses o las pacíficas olimpiadas de Roma y Grecia, respectivamente. Sobre todo en aquello de cuanto gira la vida de las personas en torno de sus equipos y las estrellas que los conforman.


Offside capta esto sin muchos aspavientos. Es un filme modesto que logra calar las emociones de sus personajes en el espectador. No cuenta con un gran reparto en nombre, pero sí en talento, ¿ya que demuestran tener un poder de convencimiento histriónico altísimo? no Porque en la sencillez de sus actuaciones uno puedo sentirse identificado con su pasión.


Cada una de las mujeres está allí por el partido que puede dar el pase a Irán para el mundial Alemania 2006 y con ello en mente, nada más importa. Tendría que contarles uno por uno sobre cada personaje si quisiera darles una idea clara de lo que pasa en una trama que se desarrolla como si estuviera contada por uno de sus protagonistas, pero sin caer en el fastidioso Dogma 95. Como sería aburrido y molesto eso, les hablaré de los cuatro que más me llamaron la atención.


Un hombre mayor y ciego que aparece en el inicio de la película, involucrado en una discusión con otros hombres que viajan en un autobús para ver el partido. Al mejor estilo de los directores el Medio Oriente, la disputa no tiene un preámbulo. De repente estalla una algarabía mayúscula que incluye a casi todos los pasajeros del bus y ante ello el conductor decide abandonar su puesto y buscar a la policía. La posibilidad de llegar tarde al juego persuade a los de la pelea para que se calmen y convencen al hombre de que regrese al volante. Se escucha cuando uno de los hombres reconoce su culpa y de inmediato estamos ante al hombre mayor.


Le preguntan por qué se arriesga a ir al estadio si bien puede quedarse en casa para “ver” el partido de forma más cómoda. Él responde: “En el estadio es diferente. Gritas, cantas, estás con la multitud. Pero lo mejor de todo, puedes maldecir a todo y a todos, decir lo que quieras y nadie te molesta”.


No estoy muy de acuerdo con eso de ir al estadio a maldecir como forma de aupar un equipo, pero la gran mayoría de los asistentes a los partidos que he ido dicen obscenidades cada dos segundos. No sé si nuestro país necesite de estos momentos para desparramarse en insultos, pero entiendo que en muchos otros, como el Irán de Offside, se justifica perfectamente: Deben tener un lugar para desahogarse de tantas prohibiciones. El fútbol tiene la particularidad de permitir muchas cosas y mover a situaciones de una exaltación liberadora. Es el recurso mundano en el que se encuentra los medios para dejar salir cuanto se desee. Puedes odiar, sufrir, amar, gritar, maldecir, celebrar hasta el paroxismo (esa exaltación extrema) sin que por te consideren un loco.


Ese hombre ciego que va al estadio por esa libertad resume eso.


De las chicas que constituyen el eje de la trama, quisiera hablarles de dos. La primera de ellas un personaje más bien masculino, fanática contumaz a la que sólo le preocupa el partido y su resultado. No titubea, no se arrepiente y, salvo un momento de conversación con uno de los soldados que les custodian, su apremio por estar al tanto del partido es su único móvil. Aunque durante esa charla el tema es por qué no se les permite entrar a las mujeres a los estadios, lo que como se ve mantiene la atención en el fútbol.


La segunda de ellas es más arriesgada e ingeniosa: se viste como soldado y logra sentarse por un momento en el palco de los oficiales del ejército hasta que es descubierta. Se la lleva esposada con las otras y así permanece durante toda la película. Tiene una actitud irreverente, altanera, provocadora. Es alegre, vivaz y de ello impregna a todo el grupo hasta el momento en que se las va a trasladar a la unidad antivicio (que supongo ha de ser algo así como un Tribunal del Santo Oficio islámico). Antes de subirlas al autobús que las llevará, ella pide que le quiten las esposas, pero el oficial le hace notar que por haber usado un uniforme militar su caso no es tan sencillo.


Entre la emoción del juego y los contratiempos de su aprehensión no ha tenido tiempo para pensar en su suerte, tan sólo se preocupa del resultado del partido y la emoción de haber estado en el palco de los oficiales, pero cuando la conexión con el juego se corta ella vuelve a su realidad, rompe en llanto y preocupación. El fútbol también es una evasión, pero una de esas evasiones que termina para algunos y algunas en la línea que separa sus vidas de la pasión. Si para la chica anterior el fútbol es el eje de su vida, para esta chica vestida de soldado hay un límite en el que debe regresar. Por suerte para ella, la otra chica la ayuda a volver al mundo en que el mayor problema son los últimos tres minutos del descuento.


Pero también existe el otro lado. El soldado con “los pies en la tierra” a quien el partido sencillamente no le importa. Tiene problemas verdaderos, la madre enferma, el huerto y el ganado que atender. No entiende por qué para las mujeres es tan importante ir a un partido cuando a él sólo le preocupa su vida antes y después del partido. Cuando intenta explicar por qué las mujeres no deben entrar en el estadio, no es mucho lo que tiene para decir: no es un lugar apropiado para ellas, no quiere hablar de eso, sigue preocupado.


Es un hombre, pero también está sujeto a esa ley ridícula, que le obliga a custodiar a unas mujeres que se empeñan en su libertad de apoyar a la selección nacional. Es quizá la manera en la que el director nos plantea que en las sociedades totalitarias el brazo del poder es víctima de su propia necesidad de prohibir. Para las mujeres es una restricción bárbara en la que se ven sumidas, pero el también es un campesino que se ve prisionero de su “deber”, uno tan estúpido e innecesario como la ley que lo crea.


Pero lo importante no es esto, sino que en él vemos como opera la atracción del fútbol. Esa pasión que lo rodea y se desarrolla como al margen de su atención, empieza a ejercer su atracción sobre él y vamos viendo su lento pero inexorable comunicación con la emoción de los hinchas. Al igual que la película, él es modesto, sencillo y desinteresado, por eso se lo puede percibir como el mejor ejemplo de por qué las mujeres reclaman su derecho a asistir al estadio.


El fin cae de forma abrupta, casi de improviso y con algo de desorden. En las calles se celebra el triunfo de Irán y su pase a la final, la celebración estalla dentro del autobús y todos se dejan llevar por ella y lo que al principio nos pareció que era la visión de un testigo presencial, la cámara que nos narra, se descubre como lo que en realidad es: nosotros mismos a quienes el director ha decidido incluir como un hincha más que va al estadio para asistir con estas mujeres a su lucha y a su pasión, que son la misma cosa.




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